Durante años hemos tendido a pensar la ciberseguridad mediante el símil de una fortaleza: construir murallas, cerrar puertas, vigilar los accesos y, de vez en cuando, comprobar que nadie haya dejado una contraseña escrita en un post-it amarillo pegado al monitor.
Los abogados también formamos parte de ese entramado defensivo. Nuestra contribución consiste en elaborar proyectos de ley, participar en la preparación y revisión de reglamentos, redactar protocolos de actuación —conforme a lo que alcanzamos a comprender de los riesgos técnicos involucrados—, diseñar cláusulas de responsabilidad y revisar contratos.
Pero se cometió un grave error de diseño: todos suponíamos que, para levantar esa fortaleza, había un margen de tiempo. Es decir, si se detectaba un problema, había tiempo para investigar, informar, desarrollar un parche e instalarlo. Buena parte de la arquitectura tradicional de la ciberseguridad se ha construido sobre la idea de que, con sus más y con sus menos, siempre íbamos a disponer de esa ventana temporal. Leer más