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Ulises y el derecho a la seguridad personal en la Constitución

 

Hay una escena, en el Canto XII de la Odisea, que puede servirnos: Ulises, sabiendo que las sirenas cantarán para él, no confía en su propia voluntad futura. Ordena a sus marineros que lo aten al mástil y que se tapen los oídos con cera, y les da una instrucción precisa: por más que grite, por más que suplique que lo suelten, no deben hacerlo. Ulises de hoy no confía en el Ulises que será dentro de una hora, cuando el canto lo tenga enloquecido. Por eso se ata mientras todavía puede pensar con claridad.

Las Constituciones hacen, en el fondo, lo mismo. Son la forma en que una sociedad, en momentos de relativa calma, se ata a sí misma para no naufragar cuando lleguen los cantos de sirena del miedo y de la urgencia. Y esto viene a cuento porque, el pasado 5 de agosto, el país escuchó en cadena nacional el anuncio de una reforma constitucional destinada a consagrar «sin ambigüedad» que proteger la seguridad de las personas es un deber del Estado.

No me interesa aquí la discusión política —de eso ya se ocupan, y con ganas, otras gentes—, sino una pregunta más modesta y, creo, más interesante: ¿es cierto que ese deber no está en la Constitución? Y si no lo está del todo y hay consenso en incorporarlo, ¿qué clase de cuerda deberíamos usar para atarnos y vencer a las sirenas?

Vayamos por partes, porque el mundo no es en blanco y negro. Leer más

Robinson Crusoe en Marte: por qué la eficiencia algorítmica le sale cara al Estado de Derecho

Transcripción de la ponencia presentada en el Tercer Congreso
Chileno de Derecho y Tecnología, el día jueves 14 de mayo de 2026.

 

Quiero empezar contándoles una película. Pero es una película malísima. Tan mala que casi nadie la recuerda… y, sin embargo, profética en algunos aspectos.

En el año 1964 se estrena Robinson Crusoe en Marte. La premisa es exactamente la que ustedes imaginan: un astronauta cae en Marte y debe sobrevivir, como Robinson en una isla… pero en Marte.

Es ciencia ficción de bajo presupuesto. Hay algunas escenas que envejecieron mal, y otras… peor.

Pero hay un momento que no envejeció. Al final de la película, el protagonista es detectado a distancia. No por un ser humano que lo observa desde lejos. No por un perro que sigue su rastro. Es detectado por sensores autónomos que rastrearon sistemas planetarios buscándolo, sin mediación humana.

En 1964 alguien ya había pensado: podemos construir aparatos que encuentren personas por nosotros. Y el filósofo italiano Luciano Floridi alguna vez hizo notar que a veces la ficción funciona como un ensayo general de los problemas éticos y jurídicos que más tarde se vuelven reales.

Sesenta años después, esa escena dejó de ser ciencia ficción. Está en nuestra calle. Es la cámara que mira al peatón en la esquina. Es el lector que registra la placa patente del auto que pasa. Es el algoritmo que correlaciona rostros con bases de datos sin que nadie, en ningún momento, lo haya permitido conscientemente.

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