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Ulises y el derecho a la seguridad personal en la Constitución


Hay una escena, en el Canto XII de la Odisea, que puede servirnos: Ulises, sabiendo que las sirenas cantarán para él, no confía en su propia voluntad futura. Ordena a sus marineros que lo aten al mástil y que se tapen los oídos con cera, y les da una instrucción precisa: por más que grite, por más que suplique que lo suelten, no deben hacerlo. Ulises de hoy no confía en el Ulises que será dentro de una hora, cuando el canto lo tenga enloquecido. Por eso se ata mientras todavía puede pensar con claridad.

Las Constituciones hacen, en el fondo, lo mismo. Son la forma en que una sociedad, en momentos de relativa calma, se ata a sí misma para no naufragar cuando lleguen los cantos de sirena del miedo, la urgencia o la indignación. Y esto viene a cuento porque, el pasado 5 de agosto, el país escuchó en cadena nacional el anuncio de una reforma constitucional destinada a consagrar «sin ambigüedad» que proteger la seguridad de las personas es un deber del Estado.

No me interesa aquí la discusión política —de eso ya se ocupan, y con ganas, otras gentes—, sino una pregunta más modesta y, creo, más interesante: ¿es cierto que ese deber no está en la Constitución? Y si no lo está del todo, ¿qué clase de cuerda deberíamos usar para atarnos? Leer más