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¿Y si el futuro fueran las cooperativas?.

Como el lector sabe en carne propia, Chile y su modelo económico es un diseño creado para ordeñarnos hasta nuestro último suspiro. Para llevar un nivel de vida aceptable no solo debemos soportar abusos de todo orden, sino que también es necesario contratar créditos que siempre estaremos pagando y, cuando ya no tengamos más capacidad de crédito por nuestra avanzada edad, probablemente terminaremos suicidándonos (después de la enfermedad, el suicidio es la causa más común de muerte entre los ancianos de nuestro país).

¿Podemos construir un escudo que nos mantenga aislados de esta particular rueda del destino nacional?.

Andrés Bustamante y Hanna Back Pyo han estado trabajando sobre esta idea y creen haber encontrado una salida, revisitando la idea de la organización económica y social en base a cooperativas, pero ahora con una vuelta de tuerca que antes era imposible.

Les recuerdo que las cooperativas son la forma de organización económica enfocada en comunidades de personas que desarrollan actividades similares, aprovechando los rendimientos a escala, utilizando medios productivos en común y enfocando parte las ganancias en beneficio de los miembros de la propia cooperativa, pues su objeto principal es la ayuda mutua entre los socios para mejorar sus condiciones de vida (no es una empresa, entendida en sentido tradicional).

Tuvieron un gran desarrollo en los años 60′ y tras el golpe de Estado fueron intervenidas (eso del comunitarismo sonaba mucho a comunismo, aunque estos últimos las miraban como neocapitalismo), pero algunas de las que sobrevivieron son organizaciones de éxito, particularmente las que tuvieron especial cuidado con su gestión: ahí está la Cooperativa Colun, que procura mejores condiciones de vida a los productores de leche, y también está la Cooperativa Capel, con más de mil cooperados, que destaca en la producción de destilados. De hecho, experiencias internacionales avalan que el modelo cooperativo genera empleos sólidos e indefinidos, incluso en tiempos de crisis.

Es decir, las cooperativas permiten que quienes desarrollan una determinada actividad económica, que perfectamente puede ser profesional, agrícola o del ámbito de los oficios, se organicen para aprovechar sus ventajas comparativas y los rendimientos a escala (con ello abaratan costos), definan estándares de calidad para sus productos y/o servicios (pueden elevar la calidad, pues tienen socios que les colaboran, lo que también les hace más competitivos) y, en general, pueden compatibilizar de mejor manera su vida familiar con la laboral.

Ello en razón de que parte de los excedentes revierten hacia ellos mismos, tanto en forma de ventajas profesionales, como podría ser el acceso a capacitaciones gratuitas o a tecnologías imposibles de adquirir individualmente, como también en forma de beneficios personales, como coberturas de salud y seguridad social adicionales, escolaridad subsidiada y otras figuras (tantas como la imaginación permita) que les posibilita a los cooperados enfrentar con mayor tranquilidad el futuro.

Entonces, ¿por qué no estamos todos en cooperativas, si hasta beneficios tributarios tiene (el no pago de impuesto a la renta para operaciones entre cooperados, por ejemplo)?. La razón, creen Bustamante y Back, y yo comparto su opinión, es que las cooperativas tienen un gran talón de Aquiles: la administración de la misma. La falta de preparación en gestión de los miembros del Consejo de Administración, el gran tiempo que ello consume, la difícil transparencia de los procesos, la deficiente capacitación de los cooperados, las escasas herramientas de medición de resultados y la difícil disyuntiva entre dedicarse a gestionar con éxito la cooperativa o ponerse a trabajar para cumplir con metas de producción atentan severamente contra la confianza y, en definitiva, la estabilidad de la organización.

Pero estamos en el siglo XXI y, tecnologías en mano, se puede revisitar el concepto, de forma que la administración de las cooperativas ya no sea un tormento. ¿Qué pasaría si automatizáramos la gestión de la cooperativa?, ¿si tuviéramos herramientas que transparentaran tanto el proceso productivo como los resultados?, ¿si la contabilidad no fuera un problema amarrado al tiempo y ánimo de un contador?, ¿si tuvieramos herramientas jurídicas prediseñadas?, ¿si el tiempo de las reuniones para tomar decisiones sobre rumbos a seguir, resultados económicos y/o beneficios obtenidos no fuera un tema?.

Ambos están trabajando en eso. Ojalá logren avances en los desarrollos teóricos y prácticos de su idea, de forma que la organización económica de las personas ya no dependa solo de la veleidosidad de los tiempos, sino que existan alternativas viables para que la gente pueda alcanzar una mejor calidad de vida.

 

Carlos Reusser

Abogado, Univ. de Chile. Magíster en Derecho Constitucional por la Pontificia Univ. Católica de Chile y Máster en Informática y Derecho por la Univ. Complutense de Madrid. Docente universitario. Consejero del Instituto Chileno de Derecho y Tecnologías.

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