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En memoria de la gran Diana Dulić

La noticia de la partida de Diana Dulić nos tomó por sorpresa, pues estábamos convencidos de que había vencido las adversidades mayores. Se nos fue una amiga entrañable, una científica notable, una conversadora de opiniones directas —a veces demasiado directas— y una profesora que amaba la vida.

Hija de una familia prominente de la antigua Yugoslavia, Diana nació en Belgrado y siguió el rastro de la ciencia desde siempre. Se formó en la Universidad de Belgrado, obtuvo su doctorado en Física en Groningen —una de las cunas europeas de la investigación avanzada— y trabajó en centros que cualquier científico reconoce con respeto: CEA París-Saclay, la Universidad Técnica de Delft e IMEC en Lovaina, verdadero templo mundial de la nanoelectrónica. Lugares donde se investiga el futuro antes de que tenga nombre.

Y, sin embargo, el mapa terminó doblándose hacia el sur. La vida —que tiene más imaginación que cualquier plan de carrera— la trajo a Chile junto a su hija. En 2013 llegó a la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile y desde ahí comenzó a construir investigación, desde luego, pero también a levantar y consolidar afectos, estudiantes, amigos y conversaciones frente a un café.
Diana decía que hablaba muchos idiomas. Ninguno —según ella misma admitía— de manera “correcta”. Pero eso jamás la detuvo. Se comunicaba igual, con una mezcla irresistible de convicción, palabras inventadas y humor. Lograba algo más difícil que hablar perfecto: hacerse entender… particularmente cuando se enojaba.

En su trabajo científico exploraba lo diminuto con ambición gigante. Electrónica molecular, materiales bidimensionales, dispositivos nanométricos: territorios donde una molécula puede ser un circuito y una lámina de grafeno es ciencia ficción hecha material. Donde otros veían límites, ella veía instrumentos.

Impulsó además un proyecto mayor: ayudar a crear en Chile un centro nacional de micro y nano-fabricación con equipamiento de frontera, porque no esperaba que las cosas existieran, sino que ayudaba a construirlas.

Su curiosidad no respetaba ni siquiera la gravedad. Participó en el proyecto PlantSat, un nanosatélite chileno que llevó vida al espacio: plantas extremófilas, como un clavel del aire, viajando en órbita para probar hasta dónde resiste la vida cuando el entorno deja de ser amable.

Como profesora, dejó huella. No entendía la docencia como trámite, sino como conversación seria con el futuro. Fue reconocida entre las mejores docentes de pregrado —distinción que no se obtiene por diapositivas bonitas, sino por estudiantes que salen pensando distinto y reconocen a su maestra.

Fuera de la Universidad, Diana era una colección de contrastes deliciosos: sabía armar un AK-47 por entrenamiento escolar, bailaba samba con entusiasmo, nadaba, esquiaba y podía pasar de una discusión sobre física a una queja muy concreta sobre cómo en Chile decir “nosotros te llamamos” no significa nada. Durante años sospechó que esa frase era un experimento social que hacíamos con ella.

También tenía días en que comparaba todo con Europa —generalmente para concluir que no éramos Europa— y otros en que reconocía con pesar que algunas cosas aquí funcionaban mejor que allá, como el sistema de salud. Su relación con el país era crítica, intensa y, en el fondo, comprometida: solo reclama así quien siente que el lugar le importa.

En lo personal, fue generosa hasta en los detalles pequeños: enseñar matemáticas por puro gusto, entusiasmar a estudiantes ajenos, abrir experiencias a jóvenes curiosos, acompañar procesos con paciencia poco publicitada. Tenía especial interés en abrir espacio a mujeres —en particular de pueblos originarios— en la ciencia, y no como consigna, sino como tarea concreta.

Sus colegas han destacado su investigación de frontera y su aporte formativo, además de sus contribuciones fundamentales en la intersección de disciplinas como la física, la química y la ingeniería. Es cierto. Pero quienes la conocieron saben que su legado no cabe en un currículum. Está en conversaciones, en estudiantes que ahora miran más pequeño y piensan más grande, en proyectos que existen porque ella insistió, en recuerdos que mezclan risa y admiración.

Diana trabajó con lo minúsculo —moléculas, capas atómicas, organismos diminutos— y desde ahí tocó preguntas enormes. Tal vez ese sea su mejor retrato: alguien capaz de mirar lo más pequeño sin perder nunca el sentido de lo grande.

La vamos a recordar como lo que fue: brillante, frontal, curiosa, vital. Y peligrosamente incapaz de vivir en modo superficial. Una combinación que no abunda. Y por eso mismo, no se olvida.

 

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